Árboles, parques públicos y energías alternativas: Entre la necesidad de desarrollar conciencia ambiental y rescatar el gusto por los paisajes naturales.
Uno de los poderes de la palabra escrita es influir, intervenir en la toma de decisiones. En sociedades alimentadas por comerciantes armados con medios de comunicación, corremos el riesgo de perdernos en la simulación, en las parodias que nos presentan para vendernos necesidades. Si no movemos las ideas, estas se asientan como el cieno en el fondo del pantano. Los seres humanos pasamos a convertirnos, por obra del hábito, en hámsteres entrenados para recorrer pasillos como laberintos con ventanas donde se exhibe lo nuevo, lo que otros consideran a la moda. Cada fin de semana, lo disfruten o no, todos coincidimos en esos ambientes refrigerados, oasis que nos sirven para huir del purgatorio diario que se vive en las calles de esta ciudad sin sombras. Esta ciudad de ciudadanos conformistas es peligrosa. Salvo algunas excepciones no se piensa en el bien colectivo. Lo importante es tener un trabajo, conservarlo, pagar las cuentas, de tal forma que cada vez se pueda vivir mejor en esos nichos que construimos como nidos personalizados, microambientes que llamamos automóviles, apartamentos, y que son posibles porque logramos tener tarjetas de crédito, unos pedazos de plástico por los que nos endeudamos, pero que nos permite viajar con la familia, comer donde normalmente no podríamos, o comprar ropa que cuesta más de lo que ganamos mensualmente.
En muchas ciudades europeas, por ejemplo, usar los trasportes masivos ofrece comodidad, seguridad y economía. Los que no gustan de encerrarse, amontonarse o someterse a rutas fijas, usan bicicletas y las ciudades han sido modificadas para que los ciclistas, skaters, y peatones también puedan recorrerlas a su gusto o necesidad. Hace unas semanas recorrí a pié durante dos semanas, algunas pocas calles circundantes a mi lugar de trabajo y de residencia. Un área comprendida entre la calle 100 hasta la 75, entre las carreras 46 y 51 B. No voy a contar como fueron esos recorridos, lo que concluí fue que quien tenga que andar a pié por esta ciudad se expone a cáncer de piel, y lesiones personales por accidentes relacionados a las condiciones del suelo. Hubo cuadras enteras sin árboles, andenes que parecían zonas de guerra o cataratas secas. Las preguntas que me surgieron fueron: ¿no existe una ley que exija que cada casa o propiedad tenga un árbol frutal que proporcione sombra por cada 5 metros de frente?, ¿no hay ninguna entidad que se preocupe por los peatones, las condiciones del suelo por los que deben transitar, los tipos de superficie y calidad de las mismas? Las preguntas, entendí, eran retóricas. En esta ciudad, donde ver a alguien leyendo en un sitio público es tan raro que las autoridades lo encuentran sospechoso, sería demasiado pedir que se preocuparan por quienes tienes que buscar trabajo a pié, con hambre, sed, y en muchos casos guardando la esperanza de que no los juzguen por su cara de hambre.
Estamos hablando de condiciones de vida, del calor que hace y de lo que hacemos o pensamos hacer para cambiar esto. Sí medimos la conciencia ambiental por la cantidad de CO2 que liberamos a la atmósfera cada día, entonces, en esta ciudad con gusto por los vehículos 4 x 4, no existe tal noción. Hace tanto sol que podríamos hacer huevos fritos sobre los automóviles, pero aún hoy, en pleno 2011 no se habla de energía solar como una necesidad que cada familia, compañía y edificación deba incluir entre sus presupuestos anuales. No hemos visto el primer vehículo eléctrico, o ningún híbrido. Es más ¿cuántos de ustedes usan baterías recargables, en vez de esas que compramos y luego no sabemos dónde desechar? Quizás estoy generalizando al pensar que tan siquiera piensan en las consecuencias que tiene tirar esas capsulas venenosas a la basura, mezclada con productos perecederos y no biodegradables.
No hay dolientes por los temas ambientales, salvo algunos vecinos con visión de protagonismo que aprovechan las cámaras de los noticieros en el sector, para decir que prefieren tener parques sucios y descuidados a personas lucrándose de castillos inflables, y carruseles corroídos.
En época de campañas electorales la ciudad es empapelada, contaminada con sonrisas retocadas, obras de arte del Photoshop, calvas relucientes y dignas, bigotes recortados, pelos casposos espulgados, alcohólicos de bolsas bajo los ojos sonriendo como inocentes pastorcillos, subnormales con las caras estiradas y operaciones múltiples que prometen y el público ni se inmuta. La costumbre los ha hecho insensibles.
En sus nichos, escoltados por agentes armados, los mismos personajes confiesan lo que les interesa realmente:
-¿Energías alternativas para evitar la dependencia a la combustión, para promover la independencia al sistema colectivo de consumo de energía? Qué locura, ¿a quién se le ocurre hablar de eso? De solo pensarlo me produce dolor de cabeza. ¿Espacios públicos libres para disfrutar como paisajes naturales? No hombre, estás loco, lo que necesitamos son unos inflables para que los niños corran y nos dejen en paz un rato, lugares donde vendan helados, algodones de azúcar, baratijas chinas para que los pelaos dejen de preguntarnos cosas engorrosas y se distraigan, y nos quieran más, o por lo menos para que nos lo digan, porque nosotros estamos cansados, toda la semana hemos estado encorbatados, estresados esperando que los semáforos cambien, que los conductores de los buses no nos rayen nuestros elegantes vehículos todo terreno. Lo que menos queremos es sudar en un parque, por eso tenemos una niñera que los corretea toda la tarde mientras nosotros hablamos por teléfono, dentro del carro, con aire acondicionado. ¿Qué gracia tienen unos árboles?, demoran mucho en crecer, y si al final de cuentas- y aquí si necesito que seas sincero conmigo- todos en esta ciudad quieren largarse a Miami.

1 comentarios:
Lejos de la farándula capitalina se encuentra Barranquilla, cocina de una literatura exquisita, las obras de Gabriel García Márquez y Ramón Illán Bacca son una muestra de ello, lástima que en esta ciudad no se rescaten los espacios abiertos para leerlos.
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