La vanidad y el alcohol son buenos amigos. Alguien dijo que el plan era ir a bailar salsa, nunca había sido lo mío, pero con esas piernas bronceadas saliendo de la minifalda negra la respuesta era obvia. Cuando llegamos al lugar pedimos una botella para cuatro personas. Ella bebía ron como si fuera una jinetera alcohólica, o un ruso de dos metros con tres hígados. Yo me tomé un trago, le hablé al oído mientras bailábamos y la programé para el motel. Antes bebimos unos cuantos tragos de más.
Despertamos en la cama de un motel, en un cuarto sin ventanas y aire acondicionado al máximo, tan juntos como se puede estar. Sería la primera y la última vez. Cuando la vi a la luz del día los residuos de la atracción facilitada por el alcohol desaparecieron. La testa palpitaba del lado derecho, llevaba la boca reseca; quería agua, una aspirina y no de mentirnos más. Acepté la involución y le dije que nos íbamos. Era carne trajinada chorreada de maquillaje viejo y fluidos secos, vestida en unos trapos que ahora parecían quedarle grandes. En otro caso me hubiera quedado a echarnos un mañanero -después de un baño y algo para humedecer la tripa-, pero la hembra era puro maquillaje para la noche. Influyó que tuviera teñido el pelo, unos juanetes de abuela, y halitosis de chimpancé.
Los ojos me encantaban, y sus labios carnosos, que aunque resecos, parecían hechos exclusivamente para dar placer y decir groserías. Antes de salir a la calle se cubrió con unos lentes redondos gigantes, que le hacían parecer descerebrada. Encendió un Belmont dañando así la última esperanza de no parecer una puta maltrecha hedionda a bar. Solo le faltaba el olor a vómito. Nunca llegó a eso, quizá por descuido, afán, por romper la rutina de alcohólica o por no habérselo recordado antes de salir. Iba ciega y destilaba anís por los poros.
Dijo algo mientras se bañaba o meaba, pero no le entendí y luego preferí no preguntarle; necesitaba lavarse los dientes o comerse un chicle. Perro caliente con doble cebolla.
En el carro, camino a casa, respiré hondo y pregunté si sus viejos se molestarían, porque eran las nueve de la mañana y tal. Guardó silencio como calibrando mi capacidad de asimilación, dio una calada profunda suficiente para matar mosquitos en una botella y soltó: “!Soy la primera bebé probeta criada por un matrimonio de lesbianas en esta ciudad!”, la frase terminó con una sonrisa en la comisura de su boca. Miré el camino e intenté recordar si había usado condón. Recordé haberme quitado uno minutos después de la primera descarga, cuando aún parecía abrazado al pene satisfecho, como prolongando lo más posible su destino. En el segundo disparo llevaba uno que sabía a banano, según dijo.
-“¿Te molesta?”, preguntó. “De hecho, me regresa la sangre al cuerpo –aunque me refería al salami-, me gustaría conocer a tus mamás”, dije, sin poder ocultar una curiosidad morbosa. “Yo les llamo por sus nombres, así es más fácil. Te invitaría a entrar, pero creo que no es el momento adecuado”, respondió con sorpresiva inocencia.
-“Huy, yo que tenía tantos deseos de conocerlas – y ver si están tan buenas como imagino-” dije, exagerando el tono desanimado.
-“Llegando a media mañana apestando a alcohol, cigarrillos y sexo no creo que sea una buena forma de presentarte. Además no se si estén de buen humor…últimamente discuten mucho”, explicó.
-“No te preocupes, hablamos después. Yo te llamo.”
Cuando bajó agradecí que se hubiera ido. El carro apestaba menos. Esa mujer necesitaba meterse en una tina llena de Listerine hasta dormirse, hundirse y tragar un poco, a ver si mejoraba. Camino a casa reflexioné si valía la pena buscar de nuevo a Carolina, sólo por el hecho de conocer a sus madres. En cuanto me di cuenta que muy probablemente serían un par de señoras menopaúsicas, gordas y fofas, renuncié a regresar. Diferente a las dos modelos pornográficas que había creado en mi mente. Tomé el papel con el número telefónico y llamé para salir de dudas. Cuando Carola me dijo que eran cincuentonas corté la llamada, apagué el celular y embutí el papel con el número dentro de una botella de cerveza vacía, que rodaba por la alfombra, del lado del copiloto.
Ahí quedó la curiosidad ese día, metida en una botella. Paradójicamente fueron unas botellas las que me llevaron a curiosear de nuevo. Una noche, meses después, pasé caminando ebrio. Me senté en el bordillo de la casa del frente, y por lapso de una media hora, quizás más, estuve pensando como sería aquello, es decir, todas las posibilidades de ese mundo desconocido. Vi unas sombras caminar nerviosamente dentro de la casa, luego apagaron las luces. Llegaron unos policías motorizados que me interrogaron repetidas veces queriendo saber las razones de mi presencia en el lugar. Me requisaron. Llevaba puesto mi traje azul de mecánico, y aparte de la billetera y un cuchillo de plástico no encontraron nada. Supuse que el cuchillo falso les había puesto nerviosos y por eso justifique que me esposaran. De cualquier modo, en el estado en el que estaba, no podía ni permanecer erguido, ni explicarme el porque del cuchillo, mucho menos construir oraciones complejas. Tuvieron que llamar a la patrulla. Mientras esperábamos me explicaron que unos vecinos habían llamado a denunciar un sujeto extraño observando fijamente una casa. Las lesbianas menopáusicas se habían asustado de muerte, lo entendí cuando llegamos a la estación. Me bajaron y metieron en la celda. Mientras me quitaban las esposas les conté la historia, pero nadie me creyó. Me dejaron encerrado con otros tipos más. Algunos dormían, los que no, miraron prevenidos. Todos tenían mal aspecto, parecían drogados, dementes peligrosos o muertos vivientes. Llevé la mano a la cabeza para intentar calmar el calor, pero en vez de enjugar el sudor, encontré la mascara. No lo recordaba, pero era treinta y uno de octubre y estaba disfrazado del psicópata de la película Halloween. Todo tuvo sentido, cada vez que sentado en ese bordillo yo miraba al suelo, Michael Myers miraba directo a la casa.

1 comentarios:
Lo he leído varias veces, cada vez que lo hago veo cosas nuevas y me gusta más… ah y me gusta eso de probeta, dice mucho.
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