Fiarse de la memoria para este tipo de trabajos no es una buena idea. Son muchos los detalles, las cosas irrepetibles que se pueden perder en el olvido. Los días anteriores a la Batalla de Flores habían sido de preparativos, pero aún no estaba todo listo.
Un fotógrafo amigo de un amigo que estaba de turista en Barranquilla, me sirvió como recurso de última hora para ilustrar el trabajo. La noche antes me dieron una escarapela para entrar al grupo "Disfrázate como quieras" y el fotógrafo que me había acompañado en otros trabajos no tenía acceso. Así que tocaba improvisar.
Foto: Don Frewky.
Este fotógrafo nuevo se decía llamar Don Frewky, era un vaquero,de botas, sombrero y con una hebilla plateada del tamaño de un pizza. Cuando lo conocí estaba cenando en el restaurante de nuestro amigo. Fué él quien me dijo: “Es un putero de primera, un degenerado y vicioso, pero de que hace buenas fotos no hay duda. Seguro te saca del problema”.
El vaquero parecía entretenido con el plan que le pintaba, hablamos un rato sobre lo que pensaba hacer, y muy atento escuchaba mientras le explicaba lo que era La Batalla de Flores. Sonrió cuando supo que no había límites y que todo valía. Luego sabría porque sonreía con esos dientes que parecían más agudos de lo usual, y porque ese bigote no dejaba de parecer amenazante.
Adam Kralovec tomó las fotos aquel día, pero la noche antes, bebiendo Whiskey en la terraza del restaurante, me dió la impresión de ser un tipo tradicional, hasta conservador y calmado. Por eso las primeras apariencias no bastan, por suerte esa noche me fuí antes de que se emborrachara y destrozara el lugar. Eso lo supe después, cuando ya era muy tarde.
¡Holy crap! fue lo que le salió de primero, luego de pensarlo un rato con una sonrisa de oreja a oreja, dijo que tenía pensado el disfraz. ¡Narc! Narcotraficante.
Antes de seguir con los acontecimientos ocurridos ese sábado irrepetible, quisiera hablarles un poco de las tradiciones de los carnavales. Primero La Danza del Garabato del Norte. Era la noche del jueves anterior, los precarnavales estaban a tres días de terminar.
Weepa! Al ritmo del millo
Deseo que se lleven un buen recuerdo de este carnaval, que lo permite todo, que hace pensar a Barranquilla como un lugar que algún día respetará la diferencia entre iguales. Por eso quiero incluir un par de bloques sobre precarnavales.En parte para hablar de la riqueza cultural que muchas veces pasa desapercibida por ir disfrazada o borracha.
¿Cómo lo vive la gente normal, los curramberos -barranquilleros- y los demás que nos visitan? Se suele decir: “quien lo vive es quien lo goza”; cada cual lo vive a su gusto. Algunos somos simples observadores, otros son parte activa de los bailes, y será con estos con los que comenzaremos.
Foto: Julio Franco.
Verlos ensayar revela la vida de quienes bailando parecen más especiales que los espectadores. Y en un sentido lo son y por eso siguen haciéndolo, ellos representan al ser humano luchando por seguir disfrutando de la vida. A ratos el grupo se une a voces que aumentan la intensidad para respaldar al baile en movimientos especialmente bellos, como giros cadenciosos de las mujeres y sorpresivos en el caso de los hombres.
Las prácticas sin vestimenta son un ejercicio para la fluidez del baile sincronizado, en los que la tambora guía, dejando momentáneos espacios de silencio que permiten la espontaneidad de los bailadores y bailadoras, para luego iniciar de nuevo con euforia y sonrisas generalizadas. Entendimiento y sincronía con el grupo de millo. Mulatas, mestizas sonriendo. Tambores, tamboras, guacharaca y flauta de millo moviendo un grupo de almas, aun sin disfrazar.
Incluso sin iluminación, porque a ratos la luz del poste se apaga, con garabato en mano comienza el paloteo contra el piso. Las mujeres se mueven con elegancia, hacen una danza rodeándoles a ellos. Una tribu mestiza, que baila, brinca y grita. El grupo se separa, las mujeres permanecen al frente del grupo bailando, y los hombres van hasta el fondo de la calle. Luego regresan para descansan entre ellas. Luego ellas son las que van, y luego regresan para coquetearles, luego se van de nuevo hasta el fondo de la calle, atrás del grupo, como para dejarles tiempo para pensarlas un poco más.
Los vecinos de la calle en la que practican se sientan a ver de cerca. La práctica sigue luego del descanso, pero para este observador ha sido suficiente. La coreografía se repetirá hasta que queden satisfechos, o hasta que las fuerzas se acaben. Lo próximo será verlos con sus vestidos, maquillajes y muertes tenebrosas, que esa noche no aparecieron. El Sábado, el La Batalla de Flores los veré.
Calentando motores, estómagos, cabezas e hígados
Las semanas previas, y especialmente el fin de semana anterior, con la guacherna abriendo las fiestas, los límites establecidos tradicionalmente cambian par dar paso a otros diferentes y mas laxos.
Los grupos folclóricos que no han encontrado el apoyo monetario lo buscan como sea, así sea empeñando lo poco de valor que haya. Reúnen personal, y todos desempolvan los disfraces. En la calle cualquier cosa vale, desde la ropa que nunca se ponen para no ser tachados de folclóricos y “corronchos”, hasta los carros sucios de maicena, y las motos adornadas con guirnaldas de colores entre los rayos de las llantas. Camisas de flores y sombreros de toda clase. Máscaras, pero sobre todo, actitud de “todo vale”.
En medio del desorden sistemático que es sinónimo de carnaval, la libertad se percibe en el aire tal y como imagino debería ser esta ciudad todo el año: Diferencia y alegría.
La diferencia enriquece la fiesta, nadie se preocupa por como va el otro.
Aceptación del extraño, y respeto de lo que el otro pueda querer decir, todo en un espacio de lucha permanente; entre burlarse o permitir al extraño una mofa, donde el rico ríe y recibe respuesta, y el pobre muestra lo que tiene guardado. Donde todos se mandan al carajo si no están de acuerdo. Luego, como si nada, sonríen de nuevo inevitablemente influidos por la alegría colectiva.
Es tal el desorden que se llegan a encontrar eventos insólitos -para los estandares de otras ciudades-. Una noche de precarnavales, la del sábado previo a las fiestas, una patrulla de la policía pretende abrirse paso a través del tráfico utilizando los altavoces de la sirena, pero en vez de ordenes o el sonido carácterístico deja salir música de carnavales mal sintonizada. El policía que conducía cantaba y bailaba encerrado en su cabina de aire acondicionado. El tráfico era pesado y mientras unos escapábamos del tumulto, otros como los que iban en aquella dirección se dirigían directamente al desfile de esa noche. Mientras los civiles, a pié y en carro, se estresaban con las luces de la sirena, el negro corpulento y feliz conducía sin dejaba de reír. Esa noche de precarnaval miles de personas en pié bailaron y miraron a los afortunados que pasaron gozándose el desfile. Miles pagaron por sentarse en sillas plásticas alquiladas a ingeniosos del rebusque, que muy temprano aseguraron un buen negocio.
Había Policía por doquier, ventas ambulantes de agua, cerveza, ron, máscaras y sombreros, camisas hawaianas, pinchos de carne de rata o gato- aunque digan que son de res y pollo-, espuma- que parece crema de afeitar- para molestar al vecino, maicena para lo mismo, y agua en bolsas de tres litros para bañar a la noviecita o el noviecito.
Era la noche de la Guacherna, es el gran desfile nocturno, una tradición a la que todos han ido por lo menos una vez en su vida. Y la disfrutan desde donde y como pueden. Ahí recibir empujones y estar incómodo es parte de la fiesta, la misión es lograr ver algo entre la multitud. Las mujeres suele terminar molestas, dando una cachetada a cambio de una manoseada abusiva. En el caso de los hombres lo peor tal vez sea la pérdida de una billetera, o incluso, en el caso de que a ella le cause gracia el agarrón, la pérdida de la mujer. Porque no es secreto que en los carnavales aumenta el porcentaje de embarazos no deseados, las relaciones casuales y divorcios.
Gran parte de los que desfilan esa noche muy probablemente lo repitan el sábado siguiente, en la Gran Batalla de Flores. Aunque ya no haya flores como hace diez años y cada vez sea más obvio que es un desfile de patrocinadores a plena luz del día.
*Batalla de flores, batalla de insultos; fotos del gringo y negras flechadas (Don Frewky en la batalla de flores)*
En el aire se siente lo festivo, como un sábado a la décima potencia. La idea era llevar esta inmersión hasta el final del desfile, la cúspide del carnaval, la reina o la muerte, lo que primero aconteciera. El sonido ambiente durante todo el día incluyó música de fondo, bullicio de gente y ruido de toda clase.
La brisa fresca, aún presente por estas fechas, y el canto de los pájaros, eran interrumpidos por los carros que corrían haciendo vueltas de última hora o buscando un puesto más cerca del desfile.
Estábamos en algún lado de la ciudad, el pico y placa nos señalaba a nosotros como infractores y seguíamos en una búsqueda acelerada del sueño Gonzo.
El que sería mi fotógrafo estaba emocionado y no dejaba de correr siguiendo las instrucciones escritas sobre un mapa improvisado. Su misión del momento, llenar un maletín de sustancias prohibidas. “!If you gonna make it, you got to make it for real!”
Desde muy temprano había iniciado su búsqueda, cuando pasó me recogió en su coche alquilado llevaba camisa de flores, lentes azules, sombrero de ranchero y zapatos deportivos. La cabeza llena de coca y hablando erráticamente. “We gotta go fix some shit at my place, one fucking rat screw my toilet. I think it was this morning when a left, then i came back an the fucking rat was stuck in the crapper!”
¿Cómo terminaría este día?,¿Serían las Águilas Negras buena compañía? Sabíamos que iban a salir en nuestro grupo, ¿Qué hacer entonces? No preocuparse, cumplir con el trabajo.
Solo podía esperar se calmara o se tomara algo que le bajara el ímpetu. Después de todo tenía toda una variedad de sustancias farmacéuticas y de uso recreativo, algo de todo aquello debería servir para contrarrestar lo que desayunó ese día.
El grupo con el que íbamos estaba animado, cuando llegamos al punto de encuentro, cerca del medio día, todos tomaban ron en vasitos de aguardiente. ¿Estaríamos listos para ver el final, llevar este acto hasta las últimas consecuencias y salir con vida? Al final lo que me importaba era sacar el reportaje. Yo no vivo del turismo como Don Frewky. ¿Encontraríamos lo que estábamos buscando?
Luego de decir “mucha atención con la policía que llevamos la placa que no es”, mi asociado bajó la velocidad, con recelo se bajó el sombrero y se llevó una llave llena de polvo a su nariz. Estaba preparado para acompañarme en la búsqueda. Se despedía de los contactos recién hechos como viejos conocidos. Sin duda un gringo con recursos pensé. Será toda una misión digna de llamarse Gonzo periodismo.
-“This shit it´s life” decía. “Let´s find out what the fuck is behind this fucking carnaval. I bet is one ugly bitch!” y me imagino que se refería la que sería su meta, la Reina del Carnaval. La había visto en fotos, pero decía que esa noche llegaría a ella. Como, no lo dijo, pero cada vez que lo mencionaba apretaba el maletín como si en él guardase el secreto de su éxito.
Durante el desfile de la comparsa mi trabajo consistiría en documentar con una grabadora de mano. Antes de comenzar realizamos las pruebas de sonido mientras esperábamos nuestro turno para embarcarnos al bus. Entre el sonido de la gente hablando, la música lejana y los carros que pasaban gritándole cosas a los disfrazados, pude escuchar la voz del gringo que intentaba convencer a una joven disfrazada de policía sadomasoquista. La conversación fue así:
-¿Are you a hooker o just a brainless chic?
-Que me dices gringo pendejo?, ¡Más puta serás tú!
-What? Dont you want to grab one piece of eternity here?
-De que hablas? No ves que te digo que no! ( la mujer le hacía en la cara con el índice)
-Everything has a solution, nothing is definitive.
-Vete a la mierda
-Fuck you bitch! You´re the one in the shity trip!
En la trascripción de los datos me reiría y me incomodaría igual que ustedes.
Antes de llegar a los buses, en el apartamento de uno de las Águilas, la conversación fluía y yo recogía e-mails. Sonaba música clásica y varios preguntaban sobre el trabajo que hacíamos. Al salir a la calle en busca del taxi, un jet militar pasó a baja altura. Don Frewky se lanzó a la sombra de un muro y mirando al cielo insistía en que estábamos en zona de narcotráfico, balbuceaba algo de la mano divina, del polvo de ángel.
Así debe sentirse un narco, pensé. Nada más lejos de ser cierto supe luego, todo era parte del viaje en el que te montaba el desgraciado.
Luego del encuentro con la policía sadomasoquista y después de ponerse el maletín al hombro subimos al bus. Caos, voces de maricas disfrazados de bebé hablando de sombreros. Un par de lesbianas que se presentan como la vida y la muerte. Alguien canta una ranchera, algunas mujeres ríen. Un cigarrillo apagado se me cae de las manos, y veo como se desliza por el piso hacia la dimensión desconocida bajo los pies de los extraños. Demasiados maricas para recogerlo, dejalo ir, dejalo ir, me repito. Por momentos el ruido del motor lo ocupa todo. Cada dos segundos miraba la grabadora y temía que el experimento no saliera como esperaba. Nunca es buena idea fiarse de la tecnología. Y por razones prácticas escribir en estas situaciones resultaba incómodo. Andar y escribir durante cuatro horas estaba fuera de discusión. En lo posible lleva también tu propia cámara o en su defecto invita a un fotógrafo poco violento, eso también lo aprendí. Es algo que te repites luego de trabajar con Adam Kralovec, Don Frewky.
La vía 40 es el cumbiodromo, la calle de los desfiles. El lugar donde debíamos estar para escribir esto. Nos bajamos del autobús y de inmediato nos fuimos a recargar fuerzas. La masa que nos acompañaba bajaba rápidamente, lo que combinado con sus disfraces y sus caras de ansiedad les hacía ver menos peligrosa y cada vez más como una caricatura de lo perverso y corrompido de la alta sociedad.
El grupo no saldría en un buen rato, y según cuentan, lo habitual es caminar para ver a que conocido se encuentra.
Oscar de León, El Sonero Mayor, esperaba- con un bajo acústico bajo la sombra de un almendro- su turno de salir. Lorenzo Ruiz ha representado al salsero durante estos cinco días, por diez años consecutivos.
En el aire todo era música. Si te girabas en tu propio eje y dabas 360 grados podías oír desde música electrónica con visos árabes o del brasil, hasta reggaeton y merengue.
Por donde quiera se mirara había dos cosas: mujeres riendo coquetas y gente disfrazada. Aprovechando la confusión que produjo en el gringo un grupo de bailarinas, vestidas con diminutos trajes amarillos con verde, me escabullí. Fui donde descansaban las bandas Papayeras –o chupa cobre como les dicen también, por que usan instrumentos de viento hechos de ese material-, ahí donde los grupos de bailarines esperaban su turno.
Viendo que no aparecía capitán o capitana de la danza me instalé a conversar con un músico. Según me contó está es la época que más se trabajaba. La banda –trompeta, bombardino, trombón, clarinete, redoblante, platillo y bombo- acompañarán a los bailarines en las siguientes 6 horas, más los dos días que siguen.
No había terminado de hablar cuando oí que alguien gritaba “!Chacal!”.
Entre huyendo de la realidad y alucinando el grito giré tomando camino entre unas niñas. Para ver mejor quien me había gritado, comencé a preguntarles cosas mientras buscaba al gringo loco. Tenían entre 17-18 años y desde hace dos años están bailando con el “Son De Mar”. Ningún indicio del fotógrafo. Justo cuando necesitaba fotos de los instrumentos no aparece. Mejor así, pensé. Debe estar fotografiando cocos fríos, o mangos verdes con sal. Los pensamientos son invocaciones, camino a El Gorila descabezado apareció Don Frewky.
-Where the fuck were you, man! A been looking for you! Tought I lost track of you.
-Estaba entrevistando a músicos y bailarines- le dije yo en inglés-.
-Fuck that! Is to late for that shit! We´re near to the core, I Can Feel it!
-¿De que diablos hablas? -le respondí en su idioma-
-!The Queen, I can Smell It!
Decidí seguirle la historia y en cuanto pude le hice ver a sus espaldas donde estaban Los Descabezados. Mientras yo preguntaba sobre el sistema de refrigeración que cargan dentro de los disfraces, se acercó El Gorila Descabezado, que afirmó estar repitiendo esta marcha año tras año desde hace trece. Frewky le tomó una foto, pero por el tamaño del gorila no salió más que media imagen peluda. De nuevo, nada como tomar fotografías con palabras. Seguimos caminando mientras esperábamos nuestro turno de salir.
Hicimos una pausa entre las quinceañeras de la Danza AfroCaribe, a las que nuestro amigo quería llevarse a “un lugar oscuro y caliente”. Con el ruido de conversaciones indiscriminadas como fondo encontramos un claro entre el río de gente. Caminamos hacia la luz y el aire, cuando llegamos de pié frente a nosotros estaba un vendedor de hayacas, en los huesos, joven, con bigotito insipiente y una sonrisa a la que le faltaban varios dientes.
-¿What the fuck is that shit?
Y el señor respondía “hayacas”
-Looks like shit, anda smells like shit!!
Y el “hayaquero” volvía aun sonriendo a ofrecer su producto: “a la orden”
Así seguimos un rato, cada cosa que el gringo me preguntaba iba acompañada de una grosería.
-“Lleva harina, arrocito y pollito”
-Fuck that!
-Hayacas, a la orden.
Lo dejé tomando fotografías al balde donde estaban las hayacas envueltas en hojas verdes.
Por ahí pasó el alma de James Brown, despidiéndose del mundo, bailándolo.
Aquello era la ciudad completa, o gran parte. Me había alejado para ver la gente, el alma de la fiesta, cuando apareció Frewky.
-Let´s talk to those chics!
Eran una negras de Palenque- uno de los últimos asentamiento de población negra pura del país-, con sus trajes amarillos pequeñitos, sus cinturas de ébano y esas sonrisas perfectas, unas obras de arte de la naturaleza hechas de cómo de marfil.
En esta ocasión, la chica- Linda se llamaba-, había flechado al gringo y ella también parecía concentrada en la locura seductora que le estaba montando él.
Solo repetía que les dijera que las quería invitar a bailar y a tomarse algo, que él las sacaba, les pagaba todo, que se quedaban en su casa. Al final de cuentas le dieron un teléfono en Palenque y volvieron a su formación.
Era hora de salir de ahí un rato, cruzar la calle donde estaba el baile y tomar algo en una tienda. Todo estaba lleno de gente, pero teníamos un buen almendro sobre nosotros. La sombra era perfecta, y sentarse a recargar fuerzas cayó de maravilla.
“Disfrázate como quieras nació en una reunión de amigos, lleva unos 26 años funcionando”, fué lo que me dijo uno de los organizadores, que regresaba del baño.
“Este año tenemos entre 300-400 participantes”, explicó y luego añadió que solo pueden entrar amigos de los amigos, con lo cual me sentí un poco fuera de sitio. No conocía a nadie, pero al final cerró diciendo, como notando mi incomodidad, “Este desfile es todo un goce”.
Encontramos a Elvis, a Cantinflas, música de los llanos orientales y más gente loca. Una señora se acercó a mi por la espalda y me dio unos condones: “Para que disfrute el carnaval”, me dijo. La música cubría el audio de casi todo lo que tenía grabado, especialmente las entrevistas, y los números de teléfonos que conseguimos en el desfile. Una tristeza, sobre todo no haber rescatado el número de teléfono de esa fotógrafa tailandesa, pequeña, callada, que bailaba como una cumbiambera local. Solo le faltaban las flores en la cabeza y cambiarse los zapatos tenis por alpargatas.
Es un teatro para el pueblo, unas fiestas paganas donde lo único raro es lo organizado que es el desorden. Una vez comienza es como si nos entendiéramos mejor así, como si el resto del año se funcionara a un ritmo forzado e incómodo.
Regresando al baile un grupo disfrazado cantaba en coro, había superhéroes y médicos, seres de mito y disfraces improvisados. De ahí en adelante vendrán cuatro horas de caminata, donde se tendrá que bailar y aguantar hasta el final.
Una vez dentro es más fácil terminar que salirse a la mitad, como el sexo. Y como éste el resto es movimiento, sudor, risas, gemidos, lamentos, calor y un sentimiento extraño de bienestar, de liberación física hasta cuando quedas desgastado, incluso lesionado.
Al final, cuando se va de regreso a las calles, a la vida nocturna, el bus va más vacío, y cada cual se anima como quiere. Unos se quedan siguiendo la fiesta, otros debemos irnos a seguir con nuestra vida. Se queda Don Frewky conversando con otras gringas, unas coreano-americanas vestidas de Ángeles blancos, y una rubia de Minessota vestida de batichica que no hacía más que repetir durante el desfile: “It´s so hard, it´s so hard”.
Luego, cuando me pasó las fotos me confirmó que no le había ido mal, que el fin de semana se extendió hasta el martes, cuando por fin durmió entre varias mujeres drogadas que le decían “Papi”.
1 comentarios:
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