martes, julio 04, 2006

Recordar no estar a la sombra de ningún escritor

En otros días esto fue un paraíso. Hoy es una ciudad sin vida cultural. Días calidos y noches frescas. Pocos ingresos, pocos gastos. Sueños que comienzan en este escritorio, en este apartamento de alquiler.
El piso consta de un balconcillo de tres metros por dos donde tengo el escritorio, una habitación grande con aire acondicionado, una cocina de unos diez metros de largo por dos de ancho, un baño, y un cuarto de huéspedes con dos literas. Tengo un trabajo mediocre en un diario local. Escribo cuentos que voy acumulando como compañías sentimentales que pasan, y que luego de terminar se dejan en el recuerdo. No tengo una compañera única desde hace un par de años, cuando mi mujer de la época me dejó por otro. Opté por viajar e intentar olvidarlo, pero un hijo en común era mi única razón de vida y entre un trabajo y otro regresaba a verlo cada dos meses. Hubiese deseado hacerme cargo de el tiempo completo, pero no solo se buscó otro compañero, también se quedó con mi hijo. Y luego quedó embarazada. Sería una tristeza, una crueldad aún peor que quitarlo de mi lado. Yo no podría alejarlo de su hermano. Estoy jodido.
Estuve en Europa y en Estados Unidos, la excusa era el periodismo, pero siempre seguía por la narrativa. Cumplía mi trabajo y cuando no había que hacer escribía mis historias. Conocí un par de mujeres especiales en mis días de viajero, pero cada año que pasaba era mas evidente la necesidad de estar cerca de mi hijo, y aunque la ciudad desde donde escribo no está cerca, sigo estando en el mismo país y cada vez que puedo lo voy a visitar. O viene el.
He intentado recuperarme de este golpe de la vida, pero para lo único que me ha servido es para escribir con más melancolía que antes. Intenté vivir en la misma ciudad donde ellos viven, y lo intenté también en una ciudad no muy lejana en automóvil. Pero me di cuenta que necesitaba irme a una distancia prudente y de clima caliente. El frío me deprime más, y con las noches frescas tengo suficiente.
La mañana que llegué a esta ciudad, a este barrio junto al mar, busqué un apartamentito que me recomendaron. Vine en mi Chevrolet Sprint rojo, el viejo “Red” le llamo. De equipaje un maletín de mano lleno de ropa, y dos maletines de trabajo, en uno traía la cámara de video y en otro el portátil. También llevaba un pequeño mercado de enlatados, y bebidas frías en la nevera repleta de hielo, que coloqué en el suelo, delante del asiento del copiloto.
Después de limpiar y cerciorarme de que el teléfono funcionaba me di una ducha, y después salí a dar una vuelta por el barrio.
Era cerca de las cinco de la tarde, martes, y el día siguiente a primera hora me esperaban en el trabajo. Estuve en la playa hasta que se hizo de noche. Fueron un par de horas de descanso, recordar, y organizar ideas. Esa noche llamé a las personas que conocía en la ciudad. Quedamos en vernos en los días sucesivos. Luego poco a poco me fui habituando al ritmo de vida y antes de darme cuenta llevaba un año pagando alquiler en el mismo sitio.
Cuando escribo estas líneas, volando de nuevo con la energía del recuerdo, recién he llegado de un viaje eco turístico. Tres días de camping en un parque natural, donde conocí una mujer alucinante. Increíble y casi perfecta, lo que la hace perfecta.

Era la última tarde, a la mañana siguiente regresaría a El Rodadero, el barrio donde vivo. Estaba descansando bajo la sombra de una palmera y pasó ella delante de mí. El sol era tan fuerte que yo descansaba con los ojos cerrados. Ella dijo algo y yo abrí los ojos. Era un acento extranjero, no era latinoamericana. La miré como pude, con un ojo abierto y otro a la mitad. No dije nada y ella repitió las palabras: “¿Hay un lavabo cerca?” Sonreí ante lo inocente del mensaje, y que tuviera la personalidad de preguntarle esto a un hombre. Le dije que no había baños, que lo más parecido eran esas cosas que veía ahí, unas cajas de madera sin techo, dentro de las que había inodoros, sucios como lo que contenían habitualmente. Dio las gracias y aunque permaneció un momento contemplando la imagen de las cajas de madera bajo un palo de mango centenario, se encaminó con su mochila de excursionista a cuestas. Empujó la puerta, hecho una mirada y sin mirar atrás entró. Yo regresé a mi descanso pensando que su novio estaría cerca, mujeres así de guapas no andan solas por tierras extranjeras. Si estuviese con otras mujeres lo hubiese llegado a pensar. Pero ahora seguro se perdería en la selva por la que salió buscando un baño. Siempre es más segura la playa que el monte para echar una meada o agacharte por ahí.
Deberían ser las cuatro de la tarde o un poco más tarde, el sol se despide con fuerza, y el apetito se había abierto. Al medio día había comido pescado asado con leña, salsa de jalapeños y papas cocidas. Había guardado en un caldero un pescado entero y unas papas, y lo había dejado junto al fuego, que ya a esta altura del día debía estar apagado. Me levanté para recalentar la comida y dejar todo limpio antes de la noche. Al girar estaba ella mirándome. - Tengo unas alubias rojas, pero no tengo fuego; he caminado todo el día y recién llego. Imagino que esas cosas que estás ahí detrás son tuyas, el maletín, la ropa colgada en la cuerda, y el fuego. ¿Haces fuego y yo te invito a comer?

Mujer observadora, pensé, me caerían bien unos fríjoles, y después de todo iba a hacer fuego, seguro a ella le encantaría un poco de pescado. - “! Claro, eso mismo iba a hacer, tengo un pescado asado, con salsa de jalapeños y papas cocidas! , ¡buenos que te cagas!”
Ella rió, entendiendo que yo sabía de donde venía. Estaba hambrienta y los dos comimos como salvajes. Luego lavamos los trastos sucios en la orilla del mar, usando como jabón la arena y como luz el atardecer, que era un hilo naranja para cuando terminamos.
Durante la noche, que se hizo profunda a las nueve, hablamos de ella y de mí. Le pasé un papel con los datos de donde vivía, y le dije que me gustaría me visitara. Cuando me dijo que era periodista de viajes y que su mayor deseo era la narrativa, yo solo pude sonreír. Hablamos hasta que los dos troncos grandes comenzaron a perder luz.

A la mañana siguiente se despidió temprano, y se fue por el sendero de arena, lentamente, sin mirar atrás, y en un recodo del camino la selva pareció devorarla. Cuando salía del parque nacional esa tarde, escuché que en la zona se habían perdido un par de mujeres extranjeras. Solo puede pensar en ella. Ahora solo espero que llegue a casa y toque mi puerta. Que al abrirla su mochila esté en el suelo y que desee pasar una temporada conmigo. Ya va siendo tiempo de pensar en el futuro y organizar las cosas. Se hace de noche de nuevo y ya veo que será otra noche de trasnocho, de insomnio, de lectura. Pero hoy se lo que quiero, y esos rasgos que están en mi memoria los seguiré buscando. Está viva y si no es ella, será otra. No son solo los rasgos físicos, esos ojos grandes y oscuros y expresivos, cuerpo de mujer gloriosa y de reina, con ese cabello negro y otros detalles más, que me guardo para mí. Lo que buscaré también es la simpleza, la sinceridad con que soltaba maldiciones y reflexiones, consejos y preguntas. Tal vez ella se pierda en los brazos de la selva, o en los brazos de algún otro, pero ya sé que buscaba en ese viaje, no cualquier mujer, buscaba una mujer como esa. Ahora releo estas líneas mientras espero una buena compañía. Lo he contado como deseo recordarlo.

1 comentarios:

uderhood dijo...

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