
Son las once de la mañana de un día a mediados de primavera. El día es caluroso y húmedo. Ahora hace un sol sofocante, sin embargo llovió fuertemente toda la madrugada, así que en cada curva las llantas chirrían.
Franz Vroc va en el puesto del copiloto, lleva diez años haciendo esto pero aún así le sudan las manos cada vez que tiene un trabajo. Se coloca unos guantes de cuero negro, saca una pistola plateada y revisa el cargador.
Rafferty Arango ya tiene el pasamontañas y los guantes puestos, la escopeta cargada. Se ata los cordones de las botas amarillas Timberland, al tiempo que le dice a Henry Sabana -quien conduce- que le suba al aire acondicionado. Henry lo mira por el retrovisor y le dice que está al máximo. El aire ha hecho del vehículo un micro clima helado, pero los tres están insolados. Se sienten estúpidos por no haberlo prevenido. Nunca más olvidarán que mujeres, playa y alcohol deben ir combinadas con bloqueador solar. Franz guarda silencio y los deja discutir, aunque sabe que es un error perder fuerzas en lamentos. Sobre todo teniendo en cuenta que en breve deberan moverse a toda velocidad, cubiertos de ropa invernal, llevando armas pesadas. Tendrán que subir cuatro pisos al trote, y luego posiblemente matar a unas cuantas personas, todo, soportando el ardor en la piel.
Al llegar a la puerta del edificio, Franz y Rafferty bajan maldiciendo entre dientes. Franz sufre en silencio para desahogarse con el primero que encuentre; Rafferty espera el disparo de adrenalina que le borrará el dolor. Henry analiza los detalles del edificio.
En el cuarto piso hay una ventana abierta y sale humo de cigarrillos. Son los años de experiencia los que le ha dado esta habilidad de determinar, por pequeñas pistas, lo que ocurre adentro. Por lo que puede ver, el edificio está abandonado, a excepción del primer piso. Las rejas y escaleras de metal están tan oxidadas que si alguien quisiera escapar por ahí, el asunto terminaría antes de disparar la primera bala. Eso deja ver que quienes están arriba no han pensado en las opciones de escape, y por lo tanto no han previsto el ataque. Este edificio sólo tiene una entrada. Henry lo sabe porque fue quien estudió las posibles rutas de entrada y salida. Los dos apartamentos del primer piso están habitados. Se deduce por las cuatro bolsas de basura que están fuera del edificio. Por la planta artificial visible a través de una de las ventanas, y por un perro que ladra, encerrado en uno de los dos patios. Henry coloca el aire al mínimo y baja la ventanilla unos centímetros, lo suficiente para que salga el humo del cigarrillo. Lleva puesta una gorra de béisbol negra que le cubre los ojos, barba poblada, y una nueve milímetros escondida bajo la pierna derecha. Espera impaciente, con la adrenalina anestesiando el ardor.
En uno de los apartamentos la luz natural entra fuerte por la ventana. Una mujer sostiene un maletín lleno de dólares sobre sus piernas. Detrás de ella hay dos gorilas blancos, con la cabeza afeitada y pistolas enfundadas. La mujer se prepara rayas a partir del producto que contiene el otro maletín. Se lo ha entregado un tipo vestido de paisano, pero con una placa de policía al cuello. El policía se asoma por la ventana y ve a Henry mirando la fachada de edificio, dentro del carro encendido. Corre hasta la puerta, se asoma. Por las escaleras suben al trote Franz y Rafferty. Cierra la puerta, y alerta a los matones. La mujer, paranoica, corre hasta el baño y se esconde dentro de la bañera. Los gorilas albinos salen a recibir a los visitantes.
Franz y Rafferty cruzan disparos con los de arriba. Rafferty hiere a uno en el pie, y a otro en un brazo. En el tiroteo mueren los dos skinheads. El policía aprovechó la balacera para esconderse escaleras arriba. Franz y Rafferty entran al apartamento y luego de unos minutos hubo un par de disparos.
El policía, Joe Castillo, es detective de la unidad antinarcóticos en Carolina del Sur. Suda como un caballo de carreras con problemas hormonales. La adrenalina y la cocaína lo hacen bajar como un kamikaze en busca de los maletines. Desorientado como está, opta por hacerles una emboscada por la espalda, cuando bajen las escaleras.
Pero Franz está informado de la presencia del policía, así que lo buscan. Van camino a la azotea cuando se encuentran de frente y reinician el tiroteo. Joe se resguarda mejor. Tiene una ventaja estratégica. Los ladrones retroceden. Bajan las escaleras cubriéndose las espaldas por turnos, hasta llegar al vehículo.
En el carro comienzan los gritos de Rafferty a Henry, para que acelere. Cuando ya han dado la vuelta a la esquina, Joe Castillo baja las escaleras y esconde la placa que le identifica. No hace esfuerzo por correr tras los matones, sabe que su vehículo es una mierda y que no prende a la primera.
Toca la puerta de uno de los apartamentos del primer piso. Una viejecita se asoma y le pregunta: “¿en que puedo ayudarlo?”. “Han matado a varias personas allá arriba, pida ayuda” responde Joe, le muestra la placa y sale. Ya con un poco más de calma intenta encender el auto. El motor arranca. Joe acelera a fondo, una nube de humo negro pesado sale del motor. A los pocos metros se apaga el cacharro, tosiendo como un asmático. Toma la radio y da los datos del carro, número de matrícula, color y modelo aproximado, detalles que guardó su mente de detective cocainómano. El hábito de memorizar cifras y números de placas, es un arte que se cultiva. Eso repite siempre. El coche definitivamente no enciende, baja y espera el apoyo. Saca su arma, fantasea con darle un tiro al motor, pero logra controlarse. Ahora tiene un problema más serio: explicar la masacre en el cuarto piso.
Más tarde esa misma noche…
El auto de los fugitivos se desplaza por una carretera secundaria, atraviesan varios puentes. No piensan detenerse hasta entrada la madrugada.
Paran por cargar gasolina y provisiones. Sus caras están apacibles, se han cambiado de ropa. Ahora van más frescos. Hablan de conseguir otro auto. Franz entra por comida a la tienda, lleva una camiseta blanca con cuello triangular, gorra de baseball anaranjada, blue jeans y Converse All Star blancos. Rafferty camina en dirección al baño, va con una bermuda de surfer hasta las rodillas, tenis Airwalk, camisa de flores y un sombrero rasta con los colores de Jamaica. Henry llena el tanque, usa ropa nueva “!Entra a una tienda Diesel y sale vestido¡” así lo resumiría Franz.
En la tienda de comestibles, hay un viejo detrás del mostrador. Una cámara vigila girando sobre su cabeza, en lo alto del muro cerca del techo. Dos jóvenes punks se lanzan paquetes de dulces. Un tipo de jeans y gorra de cuero pide un paquete de habanos y una botella de Red Label.
Franz llena la canasta de alimentos, los paga con efectivo y sale. El del paquete de habanos habla con una rubia de tetas grandes. Los punks tienen las cabezas metidas en los refrigeradores. “Saquen las cabezas de ahí. Si no van a comprar nada lárguense o llamaré a la policía” les dice el viejo detrás del mostrador, con el teléfono en la mano.
Una vez lleno el tanque Henry parquea en la parte oscura del estacionamiento. Espera con los vidrios arriba, el aire al máximo, con el motor encendido y las luces apagadas. Franz sale y busca el coche. Henry enciende y apaga las luces una vez. Franz camina en dirección al auto parqueado en la oscuridad, sube, coloca las bolsas de papel entre sus pies. Luego de unos segundos en silencio pregunta por el hombre en el baño y las posibles razones de su tardanza. Está ansioso. Henry lo mira y le pide que se tome una cerveza. Destapan dos y beben.
La puerta del baño se abre. Rafferty sale con las manos en los bolsillos, intentando parecer apacible, tratando de disimular las rayas de coca que se metió. Trae los músculos de la espalda tensos, camina en dirección a las luces de la estación de gasolina. Como no los encuentra, mira en todas direcciones. “Déjalo que se asuste… que piense que nos fuimos” le dice Franz a Henry. A los pocos segundos comienza a impacientarse, se le ve maldecir en la penumbra, amenazando con explotar, sacar la pistola, patear al primero que salga de la tienda, robar el primer incauto con automóvil que llegue al lugar. Evitan lo previsible. Encienden las luces del auto. Rafferty sube con tranquilidad.
Se pierden en la noche, sobre la cinta negra del asfalto. Henry dice que en unas horas estarán llegando donde James July, ahí podrán limpiarse, deshacerse del auto y pensar en cómo mover la mercancía robada. El dinero ya fue repartido y cada cual lleva su parte. Tendrán que idear un plan para la droga, y luego, cada uno tomará su camino. Llegan a casa de James a las cinco de la mañana. Comienzan a verse las primeras luces azuladas en el cielo oscuro. Es una zona pantanosa. En el zaguán de la casa está una pareja, fumando y bebiendo en un sillón de madera con almohadones de tela gruesa. Se aproxima el auto, primero se ven solo las luces, después se logra distinguir el color plata. Cuando Franz, Rafferty y Henry descienden, la nube de polvo se ha ido con el viento. James parece haber reconocido caras familiares. “¡Mucho tiempo sin verlos¡” les dice, antes de los apretones de manos y de presentarles a su cuarta esposa, Dixie.
La casa huele a cigarrillo y vodka. Por la ventana de la cocina se ve la corriente de agua pasar lentamente, coloreada por los destellos de un amanecer incompleto. Dixie aviva el fuego de la chimenea. El pantano es frío a esta hora.
Los hombres están sentados en la cocina alrededor de una mesa circular. Ante la solicitud que hace Henry de conseguir otro automóvil James responde diciendo que tiene algo mejor. Por ahora el plan es llevar el auto y empujarlo por una saliente rocosa a un acantilado de unos ochenta metros de profundidad, dentro del que crece una pequeña selva. El lugar queda a dos kilómetros detrás de unas colinas. “De ahí nadie lo saca, nadie lo encontrará” les dice James. Les invita al patio de la casa, cubierto de pasto verde hasta el linde con la corriente del Missisippi. En el pequeño puerto de madera, bien amarrados, están una lancha de motor, un deslizador con hélice, un bote pequeño también a motor, y un velero con la lona recogida. Señala los botes y les dice: “Eso es mejor que un automóvil, por el agua la búsqueda se complica. En el pantano todo es más difícil para el que persigue. ¡Pero antes vamos comer y duerman un rato. Estos terrenos son hostiles, así que recarguen fuerzas!”
Luego del desayuno sureño se deshacen del auto. Un par de horas después regresan levantando una polvareda amarilla con la camioneta de James. Se alistan para un buen descanso, y luego, la libertad.
De vuelta en la oficina de Narcóticos en Carolina del Sur
La oficina está iluminada como una morgue. Joe Castillo mira archivos de imágenes en la pantalla de un computador. No ha dormido en las últimas diez horas, se ha tomado un par de anfetaminas para descongestionarse la nariz, y casi un litro de café para justificar el ritmo del speed.
El teléfono repica, es una información sobre el caso. La última vez que vieron el carro estaba mil quinientos kilómetros en dirección sureste, camino a los pantanos. Pregunta porque apenas hasta ahora le han informado, le responden que el anuncio nunca se hizo público a las dependencias de los estados cercanos, nunca esperaron que escaparan tan lejos. Joe Castillo anota unos datos en su
Libreta, da la orden de que le informen personalmente si saben algo más, y sale del edificio en dirección al helipuerto que está cerca de la biblioteca Martin Luther King.
Hora de moverse
Luego de dormir un par de horas, Franz, Rafferty y Henry alistan algo de comida, abrigo, y lo necesario para sobrevivir en el pantano. Suben al deslizador, donde hay dos tanques de gasolina de diez litros. Parten despacio luego de entregar cinco mil dólares a James. Todos llevan audífonos de aviación, Rafferty pilotea el deslizador, Henry lleva un chaleco naranja y va sentado adelante, aprieta el maletín con fuerza contra su pecho y piensa: “¿Cómo venderemos esto? ¡Excelente mercancía¡ pero ¿cómo la venderemos?” Franz va en el medio con una mágnum que le compró a James. Teme a los caimanes de una forma enfermiza. Con el solo propósito de matar alligators le compró dos cajas de munición. Odia a esos reptiles más que a la policía. Antes de subirse se esnifaron unas rayas y las bajaron con whisky. Desayuno de guerra.
Zarpan cargados y listos, entre árboles podridos, sauces llorones, reptiles y mapaches.
Procedimientos oficiales
Joe Castillo tomó un helicóptero, luego un avión y finalmente una patrulla, con la que va calentando el asfalto. Por la radio ordena refuerzos en la vía treinta y cuatro Este, por la salida al Sur y al Norte. Solicita un helicóptero para que lo recoja a veinte kilómetros de donde está. Les especifica aterrice en el campo de baseball del la escuela primaria Mark Twain. Repite las características del auto que persigue. Sonido de estática. Por radio le confirman y le aseguran la llegada del helicóptero, pero en veinticinco minutos. “OK, entendido. Cambio y fuera”, dice y corta.
Unos minutos después un mensaje en la radio aumenta los pensamientos violentos producidos por las anfetaminas: “054, la ayuda aérea será imposible de conseguir, el helicóptero disponible sufrió una avería mientras despegaba, al parecer una bandada de cisnes fue a dar contra las hélices del aparato y ahora tenemos la estación pintada de rojo, y el helicóptero está fuera de servicio; le pedimos que no continúe sin nosotros esta persecución, puede ser muy peligroso. Si decide continuar, hemos dispuesto patrullas en todas las entradas y salidas a doscientos kilómetros a la redonda. Sr. lo sentimos, pero por favor desista. Cambio y fuera.”
El policía frena en seco, baja del auto, y saca un bate de aluminio del baúl. Camina directo a un vagabundo que acaba de salir del baño de una estación de servicio. Se está mirando en el espejo lateral de un auto. No ve venir a Joe, que lo muele sin compasión. Al final, los sesos escurren por el bate, en un licuado de moco gris y huesos rotos, como cáscaras de huevo de avestruz. Escupe sobre el perdedor. Se repite mentalmente que alguien tiene que pagar por el polvo y los dólares. Dos jóvenes negros le gritan que deje al vagabundo. Joe saca su pistola reglamentaria, una Glock, y los jóvenes huyen. Sube de nuevo a su patrulla y acelera en dirección a los pantanos.
Llama a la central para dejar una última información: “Sigo la persecución por tierra, aunque demoraré más. Me detuve a impedir que unos jóvenes de color asesinaran a palos a un vagabundo. Pero llegué tarde, no pude evitar su muerte. Los delincuentes escaparon. El pobre hombre está en el callejón de Washington con quince, barrio Uptown en Alabama Square. Avísenme apenas esté disponible la ayuda aérea, estaré encontrándome con las autoridades de la zona en aproximadamente una hora cuarenta minutos, cambio y fuera.” Dicho esto acelera a fondo, saca un par de capsulas anaranjadas. Las pasa con dos buches de cerveza. Quedan ocho latas más. “Una hora y cuarenta minutos, haré buen tiempo, ¡si señor! Ya verán esos hijueputas ¡no saben con quien se metieron!”






