jueves, abril 16, 2009

Golpea y corre (Del libro Héroes Decadentes)



Son las once de la mañana de un día a mediados de primavera. El día es caluroso y húmedo. Ahora hace un sol sofocante, sin embargo llovió fuertemente toda la madrugada, así que en cada curva las llantas chirrían.

Franz Vroc va en el puesto del copiloto, lleva diez años haciendo esto pero aún así le sudan las manos cada vez que tiene un trabajo. Se coloca unos guantes de cuero negro, saca una pistola plateada y revisa el cargador.

Rafferty Arango ya tiene el pasamontañas y los guantes puestos, la escopeta cargada. Se ata los cordones de las botas amarillas Timberland, al tiempo que le dice a Henry Sabana -quien conduce- que le suba al aire acondicionado. Henry lo mira por el retrovisor y le dice que está al máximo. El aire ha hecho del vehículo un micro clima helado, pero los tres están insolados. Se sienten estúpidos por no haberlo prevenido. Nunca más olvidarán que mujeres, playa y alcohol deben ir combinadas con bloqueador solar. Franz guarda silencio y los deja discutir, aunque sabe que es un error perder fuerzas en lamentos. Sobre todo teniendo en cuenta que en breve deberan moverse a toda velocidad, cubiertos de ropa invernal, llevando armas pesadas. Tendrán que subir cuatro pisos al trote, y luego posiblemente matar a unas cuantas personas, todo, soportando el ardor en la piel.

Al llegar a la puerta del edificio, Franz y Rafferty bajan maldiciendo entre dientes. Franz sufre en silencio para desahogarse con el primero que encuentre; Rafferty espera el disparo de adrenalina que le borrará el dolor. Henry analiza los detalles del edificio.

En el cuarto piso hay una ventana abierta y sale humo de cigarrillos. Son los años de experiencia los que le ha dado esta habilidad de determinar, por pequeñas pistas, lo que ocurre adentro. Por lo que puede ver, el edificio está abandonado, a excepción del primer piso. Las rejas y escaleras de metal están tan oxidadas que si alguien quisiera escapar por ahí, el asunto terminaría antes de disparar la primera bala. Eso deja ver que quienes están arriba no han pensado en las opciones de escape, y por lo tanto no han previsto el ataque. Este edificio sólo tiene una entrada. Henry lo sabe porque fue quien estudió las posibles rutas de entrada y salida. Los dos apartamentos del primer piso están habitados. Se deduce por las cuatro bolsas de basura que están fuera del edificio. Por la planta artificial visible a través de una de las ventanas, y por un perro que ladra, encerrado en uno de los dos patios. Henry coloca el aire al mínimo y baja la ventanilla unos centímetros, lo suficiente para que salga el humo del cigarrillo. Lleva puesta una gorra de béisbol negra que le cubre los ojos, barba poblada, y una nueve milímetros escondida bajo la pierna derecha. Espera impaciente, con la adrenalina anestesiando el ardor.

En uno de los apartamentos la luz natural entra fuerte por la ventana. Una mujer sostiene un maletín lleno de dólares sobre sus piernas. Detrás de ella hay dos gorilas blancos, con la cabeza afeitada y pistolas enfundadas. La mujer se prepara rayas a partir del producto que contiene el otro maletín. Se lo ha entregado un tipo vestido de paisano, pero con una placa de policía al cuello. El policía se asoma por la ventana y ve a Henry mirando la fachada de edificio, dentro del carro encendido. Corre hasta la puerta, se asoma. Por las escaleras suben al trote Franz y Rafferty. Cierra la puerta, y alerta a los matones. La mujer, paranoica, corre hasta el baño y se esconde dentro de la bañera. Los gorilas albinos salen a recibir a los visitantes.

Franz y Rafferty cruzan disparos con los de arriba. Rafferty hiere a uno en el pie, y a otro en un brazo. En el tiroteo mueren los dos skinheads. El policía aprovechó la balacera para esconderse escaleras arriba. Franz y Rafferty entran al apartamento y luego de unos minutos hubo un par de disparos.
El policía, Joe Castillo, es detective de la unidad antinarcóticos en Carolina del Sur. Suda como un caballo de carreras con problemas hormonales. La adrenalina y la cocaína lo hacen bajar como un kamikaze en busca de los maletines. Desorientado como está, opta por hacerles una emboscada por la espalda, cuando bajen las escaleras.
Pero Franz está informado de la presencia del policía, así que lo buscan. Van camino a la azotea cuando se encuentran de frente y reinician el tiroteo. Joe se resguarda mejor. Tiene una ventaja estratégica. Los ladrones retroceden. Bajan las escaleras cubriéndose las espaldas por turnos, hasta llegar al vehículo.

En el carro comienzan los gritos de Rafferty a Henry, para que acelere. Cuando ya han dado la vuelta a la esquina, Joe Castillo baja las escaleras y esconde la placa que le identifica. No hace esfuerzo por correr tras los matones, sabe que su vehículo es una mierda y que no prende a la primera.

Toca la puerta de uno de los apartamentos del primer piso. Una viejecita se asoma y le pregunta: “¿en que puedo ayudarlo?”. “Han matado a varias personas allá arriba, pida ayuda” responde Joe, le muestra la placa y sale. Ya con un poco más de calma intenta encender el auto. El motor arranca. Joe acelera a fondo, una nube de humo negro pesado sale del motor. A los pocos metros se apaga el cacharro, tosiendo como un asmático. Toma la radio y da los datos del carro, número de matrícula, color y modelo aproximado, detalles que guardó su mente de detective cocainómano. El hábito de memorizar cifras y números de placas, es un arte que se cultiva. Eso repite siempre. El coche definitivamente no enciende, baja y espera el apoyo. Saca su arma, fantasea con darle un tiro al motor, pero logra controlarse. Ahora tiene un problema más serio: explicar la masacre en el cuarto piso.

Más tarde esa misma noche…
El auto de los fugitivos se desplaza por una carretera secundaria, atraviesan varios puentes. No piensan detenerse hasta entrada la madrugada.
Paran por cargar gasolina y provisiones. Sus caras están apacibles, se han cambiado de ropa. Ahora van más frescos. Hablan de conseguir otro auto. Franz entra por comida a la tienda, lleva una camiseta blanca con cuello triangular, gorra de baseball anaranjada, blue jeans y Converse All Star blancos. Rafferty camina en dirección al baño, va con una bermuda de surfer hasta las rodillas, tenis Airwalk, camisa de flores y un sombrero rasta con los colores de Jamaica. Henry llena el tanque, usa ropa nueva “!Entra a una tienda Diesel y sale vestido¡” así lo resumiría Franz.
En la tienda de comestibles, hay un viejo detrás del mostrador. Una cámara vigila girando sobre su cabeza, en lo alto del muro cerca del techo. Dos jóvenes punks se lanzan paquetes de dulces. Un tipo de jeans y gorra de cuero pide un paquete de habanos y una botella de Red Label.
Franz llena la canasta de alimentos, los paga con efectivo y sale. El del paquete de habanos habla con una rubia de tetas grandes. Los punks tienen las cabezas metidas en los refrigeradores. “Saquen las cabezas de ahí. Si no van a comprar nada lárguense o llamaré a la policía” les dice el viejo detrás del mostrador, con el teléfono en la mano.

Una vez lleno el tanque Henry parquea en la parte oscura del estacionamiento. Espera con los vidrios arriba, el aire al máximo, con el motor encendido y las luces apagadas. Franz sale y busca el coche. Henry enciende y apaga las luces una vez. Franz camina en dirección al auto parqueado en la oscuridad, sube, coloca las bolsas de papel entre sus pies. Luego de unos segundos en silencio pregunta por el hombre en el baño y las posibles razones de su tardanza. Está ansioso. Henry lo mira y le pide que se tome una cerveza. Destapan dos y beben.
La puerta del baño se abre. Rafferty sale con las manos en los bolsillos, intentando parecer apacible, tratando de disimular las rayas de coca que se metió. Trae los músculos de la espalda tensos, camina en dirección a las luces de la estación de gasolina. Como no los encuentra, mira en todas direcciones. “Déjalo que se asuste… que piense que nos fuimos” le dice Franz a Henry. A los pocos segundos comienza a impacientarse, se le ve maldecir en la penumbra, amenazando con explotar, sacar la pistola, patear al primero que salga de la tienda, robar el primer incauto con automóvil que llegue al lugar. Evitan lo previsible. Encienden las luces del auto. Rafferty sube con tranquilidad.

Se pierden en la noche, sobre la cinta negra del asfalto. Henry dice que en unas horas estarán llegando donde James July, ahí podrán limpiarse, deshacerse del auto y pensar en cómo mover la mercancía robada. El dinero ya fue repartido y cada cual lleva su parte. Tendrán que idear un plan para la droga, y luego, cada uno tomará su camino. Llegan a casa de James a las cinco de la mañana. Comienzan a verse las primeras luces azuladas en el cielo oscuro. Es una zona pantanosa. En el zaguán de la casa está una pareja, fumando y bebiendo en un sillón de madera con almohadones de tela gruesa. Se aproxima el auto, primero se ven solo las luces, después se logra distinguir el color plata. Cuando Franz, Rafferty y Henry descienden, la nube de polvo se ha ido con el viento. James parece haber reconocido caras familiares. “¡Mucho tiempo sin verlos¡” les dice, antes de los apretones de manos y de presentarles a su cuarta esposa, Dixie.

La casa huele a cigarrillo y vodka. Por la ventana de la cocina se ve la corriente de agua pasar lentamente, coloreada por los destellos de un amanecer incompleto. Dixie aviva el fuego de la chimenea. El pantano es frío a esta hora.

Los hombres están sentados en la cocina alrededor de una mesa circular. Ante la solicitud que hace Henry de conseguir otro automóvil James responde diciendo que tiene algo mejor. Por ahora el plan es llevar el auto y empujarlo por una saliente rocosa a un acantilado de unos ochenta metros de profundidad, dentro del que crece una pequeña selva. El lugar queda a dos kilómetros detrás de unas colinas. “De ahí nadie lo saca, nadie lo encontrará” les dice James. Les invita al patio de la casa, cubierto de pasto verde hasta el linde con la corriente del Missisippi. En el pequeño puerto de madera, bien amarrados, están una lancha de motor, un deslizador con hélice, un bote pequeño también a motor, y un velero con la lona recogida. Señala los botes y les dice: “Eso es mejor que un automóvil, por el agua la búsqueda se complica. En el pantano todo es más difícil para el que persigue. ¡Pero antes vamos comer y duerman un rato. Estos terrenos son hostiles, así que recarguen fuerzas!”
Luego del desayuno sureño se deshacen del auto. Un par de horas después regresan levantando una polvareda amarilla con la camioneta de James. Se alistan para un buen descanso, y luego, la libertad.

De vuelta en la oficina de Narcóticos en Carolina del Sur
La oficina está iluminada como una morgue. Joe Castillo mira archivos de imágenes en la pantalla de un computador. No ha dormido en las últimas diez horas, se ha tomado un par de anfetaminas para descongestionarse la nariz, y casi un litro de café para justificar el ritmo del speed.

El teléfono repica, es una información sobre el caso. La última vez que vieron el carro estaba mil quinientos kilómetros en dirección sureste, camino a los pantanos. Pregunta porque apenas hasta ahora le han informado, le responden que el anuncio nunca se hizo público a las dependencias de los estados cercanos, nunca esperaron que escaparan tan lejos. Joe Castillo anota unos datos en su
Libreta, da la orden de que le informen personalmente si saben algo más, y sale del edificio en dirección al helipuerto que está cerca de la biblioteca Martin Luther King.

Hora de moverse
Luego de dormir un par de horas, Franz, Rafferty y Henry alistan algo de comida, abrigo, y lo necesario para sobrevivir en el pantano. Suben al deslizador, donde hay dos tanques de gasolina de diez litros. Parten despacio luego de entregar cinco mil dólares a James. Todos llevan audífonos de aviación, Rafferty pilotea el deslizador, Henry lleva un chaleco naranja y va sentado adelante, aprieta el maletín con fuerza contra su pecho y piensa: “¿Cómo venderemos esto? ¡Excelente mercancía¡ pero ¿cómo la venderemos?” Franz va en el medio con una mágnum que le compró a James. Teme a los caimanes de una forma enfermiza. Con el solo propósito de matar alligators le compró dos cajas de munición. Odia a esos reptiles más que a la policía. Antes de subirse se esnifaron unas rayas y las bajaron con whisky. Desayuno de guerra.
Zarpan cargados y listos, entre árboles podridos, sauces llorones, reptiles y mapaches.

Procedimientos oficiales
Joe Castillo tomó un helicóptero, luego un avión y finalmente una patrulla, con la que va calentando el asfalto. Por la radio ordena refuerzos en la vía treinta y cuatro Este, por la salida al Sur y al Norte. Solicita un helicóptero para que lo recoja a veinte kilómetros de donde está. Les especifica aterrice en el campo de baseball del la escuela primaria Mark Twain. Repite las características del auto que persigue. Sonido de estática. Por radio le confirman y le aseguran la llegada del helicóptero, pero en veinticinco minutos. “OK, entendido. Cambio y fuera”, dice y corta.
Unos minutos después un mensaje en la radio aumenta los pensamientos violentos producidos por las anfetaminas: “054, la ayuda aérea será imposible de conseguir, el helicóptero disponible sufrió una avería mientras despegaba, al parecer una bandada de cisnes fue a dar contra las hélices del aparato y ahora tenemos la estación pintada de rojo, y el helicóptero está fuera de servicio; le pedimos que no continúe sin nosotros esta persecución, puede ser muy peligroso. Si decide continuar, hemos dispuesto patrullas en todas las entradas y salidas a doscientos kilómetros a la redonda. Sr. lo sentimos, pero por favor desista. Cambio y fuera.”
El policía frena en seco, baja del auto, y saca un bate de aluminio del baúl. Camina directo a un vagabundo que acaba de salir del baño de una estación de servicio. Se está mirando en el espejo lateral de un auto. No ve venir a Joe, que lo muele sin compasión. Al final, los sesos escurren por el bate, en un licuado de moco gris y huesos rotos, como cáscaras de huevo de avestruz. Escupe sobre el perdedor. Se repite mentalmente que alguien tiene que pagar por el polvo y los dólares. Dos jóvenes negros le gritan que deje al vagabundo. Joe saca su pistola reglamentaria, una Glock, y los jóvenes huyen. Sube de nuevo a su patrulla y acelera en dirección a los pantanos.

Llama a la central para dejar una última información: “Sigo la persecución por tierra, aunque demoraré más. Me detuve a impedir que unos jóvenes de color asesinaran a palos a un vagabundo. Pero llegué tarde, no pude evitar su muerte. Los delincuentes escaparon. El pobre hombre está en el callejón de Washington con quince, barrio Uptown en Alabama Square. Avísenme apenas esté disponible la ayuda aérea, estaré encontrándome con las autoridades de la zona en aproximadamente una hora cuarenta minutos, cambio y fuera.” Dicho esto acelera a fondo, saca un par de capsulas anaranjadas. Las pasa con dos buches de cerveza. Quedan ocho latas más. “Una hora y cuarenta minutos, haré buen tiempo, ¡si señor! Ya verán esos hijueputas ¡no saben con quien se metieron!”

martes, febrero 24, 2009

La reflexión como espectáculo: Carnaval Internacional de las Artes 2009

Luego de cinco días de actividades continuas las reflexiones siguen surgiendo, no solo a partir de las palabras de los panelistas más formales, sino también de lo visto fuera del recinto: disfrazados, curiosos, desprevenidos analfabetas, caras lindas de mujeres preciosas, pugnas y desprecios entre sabelotodos.

Juntar algunos de los mejores representantes de la literatura y las artes, con un público indiferente a la reflexión, acostumbrado al desorden y la violencia, produjo ese viejo conocido mal sabor de boca: vergüenza ajena.
El que se abstrajo en reflexiones y voló por los caminos de la lógica o la intuición, se vio interrumpido más de una vez por los gritos de algunos de los presentes, o silenciado por los aplausos de la masa impaciente. Aún así, haciendo un balance, fueron más los momentos gratificantes, instructivos y divertidos. Esto fue lo que encontré.

Primer día (inauguración)

Este carnaval formativo resulta un espacio donde el orden y el desorden se equilibran.
El lleno fue completo, algunos entraron disfrazados, desde el verde monstruo marino, Barak Obama, Osama, y The A- team, hasta las marimondas y monocucos.
Primer llamado. Deja vú. Caras conocidas entre los espectadores que antes de quedarse a oscuras parecen conversar lo más que se pueda. El parloteo generalizado termina a medida que se oscurece. El ambiente de carnaval no termina de encajar en el teatro Amira de la Rosa. Un vallenato popular: el burro mocho sirve de fondo para el cacareo. Segundo llamado.
Música de papayera luego de un silencio breve, los últimos coqueteos bajo la luz, planes para cuando termine lo que aún no comienza. Prepagos, vírgenes (por lo menos debe haber una), viejos habladores, niños tímidos y otra buena cantidad de personas aplauden al telón cerrado. Exigen que comience, como en el medioevo. Tercer llamado.
Cámaras encendidas, rodando. Cuarto y quinto llamado. El público queda a oscuras y vuelven los aplausos.

Dieciocho horas. Homenaje a Jaime Manrique Ardila. Luego de una minuciosa presentación por parte del critico literario Ariel Castillo, el propio homenajeado leyó apartes complementarios de su obra y contó algunos detalles de su historia personal. En la medida que el público se acostumbraba, y con una fluidez recortada, Jaime Manrique desconcertó a más de uno con su antifaz oscuro, con la prosa afilada por el dolor y la aventura poética.

Noel Petro en escena. El músico popular, especialista en juegos palabras y dobles sentidos hizo de su presentación un exhibición nostálgica para muchos de los presentes, que repetían cosas como “hace treinta años lo escuché, cuando yo era un muchacho”. Según parecía, habían venido a ovacionar al autor de temas exitosos del carnaval, como “el burro mocho” o “el ñato mama ron”. Todo con el acompañamiento de un triple que sonaba hermosamente, como las guitarras hawaianas.
Luego de los plausos, y de que Noel Petro se pidiese a si mismo más canciones, entre chistes gastados de viejo emocionado la cosa fue llegando a su fin.

Entre el cuento y la novela. Gonzalo Mallarino fue la voz de la prudencia en esta mesa “la novela se va haciendo en medio de otras tareas diarias, el cuento no” y lo decía porque el cuento en su espacio reducido, debe aprovechar para contar algo, un fragmento de una realidad. Pablus Gallinazus representó al caos con rodeos que llegaban a un solo punto: la novela es como el carnaval, no hay reglas específicas. La aparente discordancia de sentires promovió un desorden controlado. Ramón Illán Bacca contó algunas anécdotas que luego se volvieron historias en papel, y Jaime Manrique Ardilla medió dándole más importancia a la proporción de la realidad que se desea contar o representar. En conclusión, esta conversación dejó claro que se necesita orden y desorden en todo proceso vital, a modo de equilibrio.

El hombre que murió en el bar. Durante la presentación del libro de cuentos de Heriberto Fiorillo, en medio del protocolo habitual, y viendo desfilar los más extraños disfraces, surgió una curiosidad: ¿Qué vino buscando cada uno de los asistentes?, ¿les interesa de verdad el contenido cultural ofrecido?, se percibía mucha impaciencia, pedían hechos, no palabras. Esto se hizo evidente desde el primer intermedio, mientras se daba por abierta la exposición de Gonzalo Fuenmayor, ilustrador del libro de Heriberto Fiorillo; las muestras artísticas del ilustrador italiano de Mauro Evangelista; la serie de fotografías tomadas en los baños del segundo Carnaval Internacional de las Artes por Juan Camilo Segura; y las serigrafías del pintor cartagenero Zabaleta, entorno al entretenimiento callejero de los niños del caribe.


Segundo día

Trece horas. Desde la madrugada comenzaron vientos feroces, de esos que parecen querer desmembrar árboles. Las actividades infantiles de Fantástico 2009 estaban listas desde temprano. El mago estaba presente, los árboles lucían figuras gigantes de reptiles y animales marinos hechos en espuma. Me sentía como un ratón cerca de las iguanas de tres metros, y de la serpiente amarilla que ocupaba las ramas de una acacia. Unos muñecos-payasos parecían subir y bajar postes de luz. Sapos del tamaño de jabalíes, y hongos de colores brillantes adornaban el espacio dispuesto para los niños. Alucinante. En la entrada regalaban helados y daban chocolates a la salida. Y aunque no estuve presente en las actividades para niños, lo que leí en la programación prometía.

Durante la primera jornada, mujeres jóvenes buscaban a Cabas para una foto. Otros Aclamaron a el Burro Mocho. Las filas para acceder al teatro se llenaban de estática.
Es extraño estar disfrazado de periodista, un oficio que con disciplina puede tener espacio para la creatividad, pero que la rutina vuelve plano, mediocre. Dentro, como periodista autorizado, esto parece una semana de vacaciones, escape de la rutina.
Ahí esta la clave del éxito del carnaval, y quizás de la vida: Evitar las rutinas. Eso pensaba mientras analizaba los disfrazados que esperaban curiosos el momento de entrar para enmarcar la fiesta, donde la reflexión es epicentro.
Segundo y tercer llamado. Me siento delante de unas comadronas con léxico reducido.
Hablan de bombas en época de carnaval, hablan a gritos seguros de sus verdades.
Cuarto llamado. ¡Todos sentados, cállense la boca, hagan el favor de ser considerados!. Vuelve la música de Papayera.

Lo bueno de las malas palabras. Cuando se trata de malas palabras todos desean dar su opinión, incluso algún voluntario del público con anotaciones a la mano. El público solo calla después de ver a los que reflexionarían sobre el tema. Juan Gossain, en un despliegue evidente de manejo de público y escena, con libreta en mano, saca a relucir su arsenal, que consiste en tres plumas en estuche de cuero que mete y saca como si eso llevara un mensaje soterrado. Puros chistes de humor fácil, y un ejercicio comparativo simplificado, donde términos inequívocamente significaban algo bueno para los hombres, y para las mujeres siempre significan puta. En cambio Armando Silva hizo juegos de palabras ingeniosos. Alex Grijelmo sorprendió con teorías de conservación de la lengua española, habló de depredación del lenguaje por parte del inglés, como si en Colombia tuviésemos que hablar como en España. Aquí es una realidad que ese idioma es nuestra segunda lengua, por cercanía geográfica en principio. A mi modo de ver, demasiado euro centrista su teoría de colonización idiomática. Hubo evolución. Iceberg fonéticamente se dice Aisberg, my friend. Este es un ejemplo que no mencionó, como ellos castellanizan para entender el inglés. Yo diría que eso es depredación de la capacidad de adaptación.
Muchas risas del público. Las señoras que antes hablaban de actos terroristas en nuestras fiestas, reafirmaban una idea: Gossain es excelente, simplemente excelente. Mejor es el café que venden afuera. Mientras el público dejaba la sala, algunos de los conferencistas firmaban libros, agradeciendo los elogios. Yo elegí un pastel de hojaldre.

Las verdades de Veríssimo. Daniel Sampero Pizano entrevistó al escritor, humorista y músico brasileño. Al final el entrevistado dio una muestra de su habilidad con el saxo, en lo que pudo ser una de más animadas charlas de este Carnaval de las Artes. A mi modo de entenderlo, el humor bien logrado siempre equivaldrá a trabajo de calidad.

Luis Kalaff y Johnny Pacheco: orgullo dominicano. A la hora de presentaciones relacionadas con música tropical el teatro se llena con facilidad. A la espera estaban los disfrazados que entraban gratis y los pudientes con sus boletas a la mano. El lugar estaba abarrotado, hasta el punto que una joven rubia y su hijo de unos cinco años tuvieron que sentarse en el pasillo, sobre las escalinatas.
Adelai Stevenson y Mary Kent resolviendo el mapa recorrido por la salsa desde sus orígenes. Johnny Pacheco con su sentido del humor, recordó algunos momentos de la historia salsera, especialmente de los días de la Fania. Al fondo se proyectaron fotos del ámbito salsero, tomadas por Mary Kent, desde los años setentas.


Tercer día

Medios de comunicación en el Siglo XXI. Pablo Arrieta, también conocido como Expectro, una especie de superfreak enganchado a las nuevas tecnologías dictó una cátedra magistral. Lo acompañaron Cantinflas y La Muerte. Dejó claras algunas verdades sobre la evolución de los medios, el video y la música en línea. Expectro representa la evolución que gracias a los nuevos medios podemos vivir, especialmente a la hora de maximizar el uso del tiempo. Los jóvenes presentes parecían absorber todo como mutantes hambrientos de poder.
Entre los mensajes claves estuvo el de “educar para acabar con el mito de que la tecnología es mala para el aprendizaje”.


Los nuevos retos del periodismo. En una nutrida discusión se habló sobre la realidad como espectáculo y el periodismo como herramienta del capitalismo. Julio Villanueva Chang se refirió a la curiosidad como la última tecnología; hizo énfasis en la importancia de la atención en un sociedad donde es evidente una esquizofrenia tecnológica, donde el exceso de información, si no se entiende, no garantiza nada. “El periodismo está enfermo de seriedad” fue uno de las frases que incomodó a Antoine Bellager, quien defendía los diarios tradicionales de la competencia que le hace Internet.
Ramón Chao expuso que los periódicos han perdido credibilidad. En las escuelas de periodismo enseñan como armar notas, pero no dan una formación amplia y completa en lo que el considera importante para el oficio: el arte, las letras y la cultura en general.

El mundo de Mauro Evangelista. “La disciplina del ilustrador es precisa, se limita a complementar o acompañar el texto, en cambio la pintura-que fue donde se originó- es un proceso creativo sin límites, mucho más personal” dijo el invitado.
Marco Mojica afirmó que “el ilustrador tiene que ser muy agudo, tiene que saber elegir la imagen que luego tendrá que entender un niño que no sepa leer”.
Mauro cerró respondiendo una pregunta que indagaba sobre la relación entre los comics y el cine: “El comic se parece al cine más que a la pintura, como la ilustración”.

La prohibida: performance y conversación. De nuevo la música tropical parece disimular el ruido del auditorio lleno. Algunos quieren exhibirse con atuendos extraños, otros se esconden tras las máscaras. Un público variado y curioso espera al travestido.
Electricidad y amor, ese es el lema de La Prohibida en su espectáculo, donde luces y vanidad mostraron la fantasia de los draks. Afuera la noche de tambores apenas comenzaba, el viento arreciaba, todo fluía sin maldad. Un show apto para todos, no hubo exhibiciones vulgares, el público se mantuvo en sus lugares.

Cuarto día

Música propia o por encargo. La noche se extendió reposadamente, el día comenzó con energía renovada, el cuerpo pidiendo pausas y meriendas frecuentes, condiciones ideales para escuchar buena música cantada por sus autores.
Se habló de la música hecha para alimentar el alma del cantante y su público. Una mañana reconfortante donde Santiago Cruz, Joana Moss, y Richard Blair nos contaron los pormenores de su arte creativo y dejaron apreciar algunas tonadas.
El resto del día lo tomé como un gran recreo, volví solo al anochecer para escuchar más música, esta vez hecha por Blick Bassy, un músico africano residente en Francia, que embelezó con armonía al publico, que nuevamente llenó el teatro.

Quinto día

Reyes del cuadrilátero. Luchadores y pugilistas: entre el valor y el miedo. Alberto Salcedo Ramos conversó con Ultiminio Sugar Ramos. Se presentaron también Blue Demon Jr. y El Hijo del Santo. Acción en el ring; el público pedía llaves y algo de violencia explícita. El último día de la reflexión como espectáculo comenzó con muestras físicas como espectáculo. En las horas de la tarde Daniel Samper Pizano y Daniel Rabinovich (integrante de Les Luthiers) hablaron del humor y de las experiencias de Rabinovich como comediante e interprete.
La clausura estuvo en manos de Cabas padre e hijo. El mayor intentando salvar la noche, el hijo intentando hablar coherentemente. Las niñas sentadas a mi lado se repetían “que decepción, hubieramos ido a cine”. Yo por mi parte dejé el teatro por la calle, me dijeron que hubo una buena fiesta de cierre en La Cueva. Merecida victoria.










jueves, enero 29, 2009

Entrevista digital a Carlos Polo

Partiendo de una serie de encuentros y conversaciones con el escritor barranquillero Carlos Polo surgió la idea de la entrevista para compartir con los lectores del blog. Carlos escribe poesía, cuentos y novelas, además es un promotor cultural interesado en el rock y el jazz. Liderando la editorial Labra palabra ha publicado los trabajos de escritores jóvenes, muchos de ellos comprometidos con temáticas y formas de contar contrarias a los estándares comerciales de las grandes editoriales.

¿De los años universitarios que sacas en retrospectiva?

Bueno, siempre he tenido cierta resistencia con el tema de la academia, sin embargo siento que justo esa formación en lo audiovisual, es lo que me regala ese toque de narrar en imágenes, la recurrencia al recurso del cine y lo audiovisual en lo narrativo, esa extraña velocidad que sólo se encuentra justo ahí, en la TV, el cine, la radio, etc.

¿Consideras importante que los escritores jóvenes busquen premios a modo de reconocimiento?, ¿son importantes los concursos en “la hoja de vida” del escritor?

Aquí vienen dos preguntas en una, los premios son importantes en cierta medida y pues te alivian económicamente y catapultan tu trabajo mucho más rápido, pero la idea de escribir o cualquier arte en general no radica en la búsqueda de premios o laureles, si eso se convierte en el objetivo central creo que se estaría traicionando el espíritu del artista, su independencia, la esencia misma del autor, si vive entorno a eso se estaría convirtiendo en una especie de mercenario de las ideas, la idea es trabajar, ser fiel a uno mismo y sus principios. Si los premios llegan pues muy bien, sino igual.

¿De los primeros años como poeta, recuerdas algún suceso, o algo que te hayan dicho, que te hiciera entender que la lucha sería fuerte y prolongada?

Mucho más de un suceso, en esto todo el tiempo uno ve, presiente y vive, que este es un camino más de espinas y rocas que otra cosa. Por lo general los logros y reconocimientos son de carácter muy personal, muy intangibles, eso forma –creo-, y de alguna manera pone a prueba, si realmente es lo que quieres hacer en tu vida. Esto es para tercos y testarudos.

En tu primer libro de poemas Polifonía de colores (2004), título relacionado con la psicología del color, tuviste tus primeros reconocimientos y lecciones. ¿Te cuidarías de no repetir algo en otro libro, y que repetirías?

Cada proyecto es un aprendizaje, una especie de lección. Ese libro en cuestión es muy especial para mí, por todo lo que me regaló, con el aprendí mucho, como a escuchar a mi instinto, como a ser más cuidadoso y no dejarme llevar por el afán y la premura y que cada proceso o proyecto hay que gozarlo y sufrirlo en la medida en que sea necesario.

Tu primer libro de cuentos Testamento de la barriada (2006), contiene uno de los cuentos por los que se te recuerda más: Los tenis panameños. ¿Alguna anécdota que haya alimentado tu hambre de escritor?


Jajaja, Los tenis panameños fue para mí una especie de punto de quiebre, porque en el momento que lo leí con un público nutrido y sentí la energía y la aceptación de la gente, me dije a mí mismo “loquito vas bien” por aquí es el asunto y decidí meterme de cabeza en esta camisa de once baras jajaja.

En tu segundo libro Rapsodia para reclutas asustadizos, relatas anécdotas que partieron de conversaciones con tus compañeros de entrenamiento militar. ¿Ese año marcó o definió algo del escritor que eres hoy?

Ufff, para esa época en que yo tenía los cueros encima, no pensaba para nada en meterme en esto, ya tenía un hábito de lector moderado, pero aún no estaba en mis planes convertir mi experiencia vital y cotidiana en narrativa, ni mucho menos.

Como alguna vez me dijiste, te gustan los autores cuyos personajes son reales, “sangran, mean”. Estás relacionado con lo visceral, con lo vital. ¿Lecturas que recomendarías a otros escritores o a jóvenes deseosos de buscar su camino entre las letras?


Eso de recomendar me resulta muy delicado, vaya uno a saber y a conocer el gusto de los demás, lo que si hay es una especie de concertación popular que lo impuesto no funciona, como esos autores y títulos que te meten de lavado en los colegios, que por lo general ejercen efecto totalmente contrario al deseado. A mí me interesan cierto autores como Miller, Bukowsky, Pedro Juan Gutiérrez, Loriga, los locos de la generación Beat, Garlan, Kundera, H. Thompson, Hesse, Vallejo, Norman Mailer, Irvin Wells, Palanhniuk, J. D Sallinger, Saavedra, Sade, Omar Kayan, Henry Bolt, los malditos o simbolistas, los nadaístas, Eston Ellis, Jhon Fante, Gunter Grasss, Fugett, Caicedo, Madiedo, Caballero, Medina, en fin, Cortázar, los Rusos más celebres, Chejov, Tosltoi, Dostoieski, que sé yo, son autores con cierta locura, vitalidad y rebeldía imprescindible.


¿Qué disfrutas del mundillo literario y que te aburre?

Bueno disfruto la buena charla, la bohemia, los viajes, conocer gente cálida. Me aburre muchísimo el rollo de las envidias, los pulseos de ego, la actitud de algunos que porque escriben se sienten como iluminados y más que los demás, eso abunda como la mala hierba, toda las posees de algunos poetas y sus disfraces y sus caretas, esa actitud de sabio, salva mundo y elegido, eso es muy aburrido, el intelectualoide mediohuevo con pose de genio, uf que harto.

En tus historias “el gran barrio popular” es recurrente. Tienes historias con finales positivos y otros no tanto. ¿Le pones algún limite a tu imaginación al momento de reconstruir, es decir, en ese caso eres más un cronista de tu vida que un artífice que se alimenta de recuerdos?

Yo creo que a la hora de botar el chorro lo condimento con algo de cada cosa, sin lugar a dudas prevalece la cosa vivencial, pero también hay muchos otros ingredientes, recursos que vas tomando en el aire, en la atmosfera, algo de imaginación y filtro literario.

Ser poeta o escritor en nuestro medio, el caribe colombiano, es algo difícil de entender por mucha gente, especialmente nuestras familias, que no ven ahí una forma rentable de vida. ¿Tienes algún recuerdo relacionado que puedas compartir?

Todo el tiempo, me pasó que mucha gente comenzó como a creerme a quererme y aceptarme, luego de las apariciones en T.V. el periódico, la radio y tal. Todavía mi vieja me insiste con cierto dejo en la voz: “Hombre mijo y tú no puedes ir haciendo otras cosas mientras lo tuyo sale como es debido” jajajá.

¿Qué te preocupa cuando te sientas a escribir?, ¿tienes alguna rutina al momento de crear?, ¿qué tanta importancia tiene en tu vida leer y escribir?

Por lo general lo que más me preocupa es el arranque, la hoja en blanco, las primeras líneas es lo más difícil. A mí me coquetea una idea y la voy moldeando en la cabeza, la voy armando, luego cuando me siento y supero el encuentro con las primeras líneas, lo demás fluye solo. Después viene lo tedioso para mí, que es el rollo del pulimiento, corregir, quitar, agregar, en fin. Para un escritor es vital mantenerse leyendo y escribiendo, ese es nuestro entrenamiento, ahí están las claves, leer, escribir, yo le agregaría vivir, tomarse la vida en peso para tener que contar y resultar convincente, creíble.

Háblanos de la editorial, la revista y el espacio lúdico que llevan por nombre Labra palabra, ¿en que consisten, como nacieron estas ideas?

Bueno aquí me resulta difícil ser breve. El espacio cultural, la revista y la editorial no son más que esfuerzos por mover la escena en la ciudad, por crear generación, por brindar espacios y mostrar lo que se viene gestando y lo que están trabajando los jóvenes y todos los que sienten que tienes cosas por editar, mostrar, compartir. Con la editorial llevamos más de cinco títulos editados entre géneros distintos, el espacio lleva funcionando más de cuatro años una vez por mes y ahí se han dado cita grandes poetas, artistas plásticos, bandas de rock, cineastas, muchas cosas bonitas han venido sucediendo en ese espacio tanto en lo formativo, lo lúdico, como también se ha constituido en una ventana para los que no han tenido la posibilidad de mostrar su trabajo en público. Por último la revista lleva hasta el momento editados cuatro números con mucha aceptación por su contenido y propuesta fresca, incluso por su carácter estético.

Tienes una novela en busca de luz, cuéntanos un poco de ella.

Un perdedor con suerte, es un proyecto muy ambicioso y caótico, donde fluyen de la mano la narrativa más experimental con un lenguaje muy local y popular, con toda la velocidad del cine, la música y la condensación de tres décadas 80, 90 y 2000. Barranquilla como un personaje central, sus calles, sus lacras, sus llagas, sus putas, sus cambios, en una especie de monólogo interno, enloquecido y enriquecido por los matices del gran barrio popular que es uno solo con sus dolencias calcadas, idénticas en cada gran polis.

¿Algún otro libro en camino?

Tengo una serie de poemas sueltos que vengo armando en un proyecto que quiero llamar “Cantos y textos para limpiar escopetas” La novela aún inédita y el libro de cuentos “Rapsodia para reclutas asustadizos” Lo demás aún son ideas vagas y una novela a medio terminar “Vitácora de Guerra”

Por último, ¿qué tanto Internet ha significado un cambio en tus dinámicas creativas?

Como todo es una herramienta más que viene a dinamizar el proceso, las investigaciones y cualquier búsqueda resulta más sencilla con este juguetico ¿No?

viernes, enero 09, 2009

La niña probeta criada por lesbianas




La conocí en un bar como a casi todas a esta edad. Tomó dos cocktail de niña y no dejaba de sonreír y hablar con las amigas en su ladies night. Miraba cada vez que se le olvidaba ignorarme. Teníamos un amigo en común que en ese tiempo era una vergüenza por la droga maldita que le comía el alma y los principios. El rostro de ella era provocativo y su piel resplandecía por un artilugio de la vanidad femenina.

Para cuando los tragos hicieron lo suyo nuestras mesas ya estaban unidas, la noche siguió a buen ritmo. Alguien dijo que el plan era ir a bailar salsa, nunca había sido lo mío, pero con esos muslos bronceados y tonificados saliendo de su minifalda negra la respuesta era obvia. Cuando llegamos al lugar pedimos una botella para cuatro personas. Ella bebía ron como si fuera una jinetera alcohólica, o un ruso de dos metros con tres hígados. Yo me tomé un trago, le hablé al oído mientras bailábamos y la programé para el motel.

Despertamos en la misma cama, tan juntos como se puede estar. Sería la primera y la última vez. Cuando la vi con ojos diurnos, ya sin deseos de más sexo, con un dolor de cabeza latiendo en la torre, con la boca reseca, y sin ganas de mentirle más, acepté la involución y le dije que nos íbamos. Era un amasijo de carne chorreada de maquillaje viejo y fluidos secos, vestida en unos trapos que parecían prestados. En otro caso me hubiera quedado a echarnos un mañanero, después de un baño y algo para humedecer boca y garganta; pero es que la hembra era puro maquillaje para la noche. En mi caso influyó que no fuera rubia de verdad, que tuviera halitosis de chimpancé y unos juanetes de abuela. Sin embargo los ojos me encantaban, al igual que sus labios carnosos, que aunque resecos, parecían hechos exclusivamente para dar placer y decir groserías. Lamentablemente se colocó unos lentes oscuros a lo Paris Hilton, pero falsos, y se llevó un Belmont a la boca, dañando por completo la última esperanza de no parecer una puta maltrecha hedionda a bar. Solo le faltaba el olor a vómito. Pero nunca llegó a eso, quizá por descuido, por afán, por romper la rutina de alcohólica como diciendo “hoy como que no me vomito, ¿no?”, o quizás por no habérselo recordado antes de salir. Dijo algo mientras se bañaba o meaba, pero no le entendí y preferí no preguntarle que había dicho, no hasta que se lavara los dientes o se comiera un chicle.
En el carro, camino a casa, pregunté si sus viejos se molestarían, porque eran las nueve de la mañana y tal…guardó silencio como calibrando mi capacidad de asimilación, dio una bocanada profunda como para matar mosquitos en una botella y me soltó: “! Soy la primera bebé probeta criada por un matrimonio de lesbianas en esta ciudad!” Vi una sonrisa en la comisura de su boca. Miré el camino e intenté recordar si había usado condón. Recordé haberme quitado uno minutos después de la primera descarga, cuando aún parecía abrazado al pene satisfecho y adormilado, como sabiendo que nunca más contendría la reproducción humana y que su destino era el basurero. En el segundo disparo llevaba puesto uno que sabía a banano, según dijo.
“¿Te molesta?” , preguntó. “De hecho, me regresa la sangre al cuerpo –aunque me refería al salami-, me gustaría conocer a tus mamás”, dije, sin poder ocultar una curiosidad morbosa. “Yo les llamo por sus nombres, así es más fácil. Te invitaría a entrar, pero creo que no es el momento adecuado”, respondió con sorpresiva inocencia.
“Huy, yo que tenía tantos deseos de conocerlas – y ver si están tan buenas como imagino-” dije, exagerando el tono desanimado.
“Es que llegando a media mañana apestando a alcohol, cigarrillos y sexo no creo que sea una buena forma de presentarte. Además no se si estén de buen humor…últimamente discuten mucho”, explicó.
“No te preocupes, hablamos después. Yo te llamo.”

Cuando bajó agradecí que se hubiera ido. El carro apestaba menos. Esa mujer necesitaba meterse en una tina llena de Listerine hasta dormirse, hundirse y tragar un poco, a ver si mejoraba. Camino a mi casa pensé si valía la pena buscar de nuevo a Carolina, solo por el hecho de conocer a sus madres. En cuanto regresé a la realidad me di cuenta que muy probablemente serían un par de señoras, probablemente menopaúsicas, entradas en carnes. Diferente a las dos modelos pornográficas que había creado en mi mente. Tomé el papel con el número telefónico y llamé, solo para salir de dudas. Cuando Carola me dijo que eran cincuentonas corté la llamada, apagué el celular y embutí el papel con el número dentro de una botella de cerveza vacía, que rodaba por la alfombra, del lado del copiloto. Ahí quedó la curiosidad ese día, metida en una botella.
Paradójicamente fueron unas botellas las que me llevaron a curiosear de nuevo. Una noche, meses después, pasé caminando ebrio por su calle. Me senté en el bordillo de la casa del frente, y por lapso de una media hora, quizás más, estuve pensando como sería aquello, es decir, todas las posibilidades de ese mundo desconocido. Vi unas sombras caminar de allá para acá dentro de la casa, luego apagaron las luces. Cuando quise levantarme venían llegando unos policías motorizados. Me interrogaron los dos, repetidas veces, queriendo saber las razones de mi permanencia en el lugar. Me requisaron. Extrañamente llevaba puesto un traje azul de mecánico, y aparte de la billetera y un cuchillo de plástico no encontraron nada. En ese momento supuse que el cuchillo falso les había puesto los nervios de punta, y por eso justifique que me esposaran. De cualquier modo, en el estado en el que estaba, no podía ni permanecer erguido, ni explicarme el porque del cuchillo, mucho menos construir oraciones complejas. Tuvieron que llamar a la patrulla. Mientras esperábamos me explicaron que unos vecinos habían llamado a denunciar un sujeto extraño observando fijamente una casa. Las lesbianas menopáusicas se habían asustado de muerte, lo supe cuando llegamos a la estación. Me bajaron y metieron en el calabozo. Mientras me quitaban las esposas les conté la historia, pero nadie me creyó. Me dejaron encerrado con otros tipos más. Algunos dormían, los que no, miraron prevenidos. Todos tenían mal aspecto, parecían drogadictos, dementes o muertos vivientes. Yo estaba sudando, me llevé la mano a la cabeza para intentar calmar el calor y encontré la mascara. No lo recordaba, pero era treinta y uno de octubre y estaba disfrazado del psicópata de la película Halloween… todo tuvo sentido…cada vez que sentado en ese bordillo miraba al suelo…Michael Myers miraba directo a la casa.

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